martes, 13 de marzo de 2012

Vuelta a la normalidad

He vuelto al hielo. Me he resistido durante dos largos días antes de sucumbir cobardemente: las sirenas cantaron y yo acudí solícito a la isla. Ni Herni ni Sam evitaron mi caída, pero lo hicieron por interés propio. Ellos me juraron que el hielo que ponían en mi bourbon era de la mejor calidad: el agua utilizada es la misma que sale por los grifos de cualquier casa de Manhattan. Ni mejor, ni peor, proclamaron a coro. Eso me tranquilizó, y a partir de ese instante me sentí menos cobarde, pero más imbécil.

Anoche estuvo en el Café Society Josh White con su guitarra. Por suerte Billie no estaba. Llegó más tarde. Josh cantó Strange Fruit, que había hecho famosa Lady Day. El público no estuvo muy conforme con su versión. Yo no pronuncio ningún juicio. No es necesario, ni merece la pena: nadie ha logrado interpretar Extraño fruto como Billie. Esto lo sabe todo el mundo. En sus actuaciones, allí donde va, siempre la canta en el bis:

Una de esas noches en el Café Society en el que Eleanora y yo solemos dedicar tiempo y tiempo a recordar detalles de nuestra vida que nos hicieron felices o desgraciados, ella me contó que la escritora Lillian Smith le dijo en una ocasión que Strange Fruit le había servido como inspiración para escribir su novela, a la que le había puesto el mismo título que la melodía. ¡Que tiempos!

Herni nos sirvió dos bourbon con hielo y seguimos hablando. Mejor dicho, Billie siguió hablando y yo escuchando ensimismado. Decía que la gente de la parte alta de Manhattan y la parte baja se diferencian en que la de la parte alta es más real. En nuestro ambiente, me contaba Lady Day riendo, una puta es una puta y un chulo un chulo; un ladrón es un ladrón y un marica es un marica. Sin embargo en la parte baja y del centro, las cosas se ven de distinta manera. Y eso la sacaba de quicio, como a mi.

Ni ella ni yo entendíamos lo artificial y sinuoso de este doble lenguaje que se empleaba, donde una puta, no era tal, sino una mujer mundana; un marica podía ser un conquistador, mientras que una golfa podía ser una debutante, en tanto que un ladrón podía muy bien ser un ejecutivo, y un malparido alguien que no había sabido adaptarse y tenía dificultades.

Recuerdo que en otro tiempo y lugar las cosas no son muy distintas: el lenguaje es un medio para mal entenderse y conseguir, de este modo, deformar la realidad y confundir: puta ya no existe, ahora es mujer de la calle, pero por la calle van muchas mujeres y no son putas. Los maricas ahora no son conquistadores, sino gays, y además lo disimulan y cuando ya no pueden, se dice que “salen del armario”, es decir hacen un reconocimiento timorato, insuficiente y que busca no comprometer al inquilino del jodido armario...Lo único que no ha cambiado es la designación de ladrón, que efectivamente puede muy bien ser un ejecutivo, como tampoco el de malparido, aunque fuera del Café Society y de Manhattan, más modernamente, se prefiere hijo de puta, aunque el significado no sea el mismo.

Es muy tarde, pero ambos nos quedamos -pido a Herni un par de güisquis más- porque actúa una pianista y cantante nueva, gracias a lo cual Billie podrá descansar unos días. Se trata de Hazel Scott.







sábado, 10 de marzo de 2012

Del mañana

Anoche me paso algo impensable en el Café Society. Conocí a un tipo extraño; era español, no muy alto, más bien bajo, canoso y con perfil Neandertal, y me dijo que venía del 'mañana'. Antes de que prosiguiera le interrumpí para preguntarle qué mierda era eso de venir del 'mañana'. Sin inmutarse me dijo que se refería al 'futuro', a otra realidad, a hechos que aquí todavía no habían sucedido pero que sucederán irremediablemente. Me quede perplejo. Mire el hielo de mi vaso hecho seguramente con agua de cloaca y me dije que esa mierda me estaba matando.

Cuando me repuse no pude por menos que preguntarle  el motivo de su presencia aquí: por qué había abandonado el mañana para desplazarse al ayer o al anteayer en Manhattan. Sin mostrar sorpresa me aseguro que simplemente quería conocer la vida actual aquí y la gente por la que sentía interés debido a su profesión: cantantes, músicos, escritores, actrices, muchas de las mujeres hermosas que había visto en revistas y fotos. Solo eso, aclaró. También me dijo que de donde él venía las cosas no rodaban muy bien: la gente es bastante infeliz y, además, eso lo agrava la incultura que va ganando cada día más y más adeptos. 

Yo le hablé de la pobreza aquí, de la discriminación racial, de lo difícil que era a veces vivir con cierta dignidad.No me dijo mucho, solo que en el mañana había algunas cosas que cambiarían para mejor, otras se mantendrían igual y otras empeoraría. Acerca de las cosas que mejorarían, que fue por lo único que mostré interés, se refirió a la cuestión entre blanco y negros. Muy serio me aseguro que si yo no palmaba antes vería de presidente a un negro. Dicho esto se levanto para ir al retrete. 

Yo, por mi parte, miré de nuevo mi vaso, llame a Herni y le dije que me trajera un bourbon doble, pero si hielo. Me miro extrañado, se encogió de hombros y se metió detrás de la barra. Pasó mucho tiempo, pero aquel tipo no volvió por la mesa. Había desaparecido, se había esfumado.

Cuando entró Vlady, la rubia de mi sueños, la de anteayer, ayer y mañana, sentí un gran alivio: podía desahogarme con ella y además Vlady es una mujer que no es arquetipo de las teorías de los doctores Wilkinson  y Skreta. Llegó mi boubon solo, sin hielo.





viernes, 9 de marzo de 2012

La invitación

Esta mañana al despertarme sentí el cuerpo desnudo de Vlady junto al mío. El hecho me sorprendió, porque siempre cuando me despierto  estoy solo: ellas recogen sus cosas y sigilosamente salen de la habitación, es decir de mi vida. El único recuerdo que me dejan de su paso, y no siempre, son sus bragas debajo de la cama. Con  algo de nostalgia las añado al montón de ropa sucia que acumulo y que de tarde en tarde llevo a la lavar.

En la lavandería, la dueña recoge todas esas prendas íntimas, ya limpias, y las guarda para darla a alguna de esas asociaciones que se dedican a ayudar a los necesitados, y que ella conoce. La dueña del establecimiento es la única persona que sabe tanto como yo de mi vida sexual y del tipo de mujer que me frecuenta.

Al ir a por la ropa limpia, siempre me sonríe con algo de complicidad, y después me sugiere que vaya algo más a menudo, que no espere tanto, es decir, que no acumule tanta ropa sucia y maloliente en el apartamento. 

La observo y tengo la sensación de que espera algo de mi. Percibo un deseo en su mirada y expresión. El tipo con el que vivía la dejó embarazada y estuvo a punto de arruinarla antes de desaparecer llevándose todo lo que pudo, incluida la furgoneta de reparto. La llamada telefónica del director del banco la salvo de la hecatombe financiera, no así del parto. Ahora vive sola con su hija, y tiene una chica negra, como ella, de empleada en la lavandería.

Es una mujer atractiva, tremedamente atractiva, y se la ve feliz y con toda una vida por delante, pero demasiado joven para estar sola.

El otro día la propuse llevarla una noche al Café Society y presentarle algunos amigos y conocidos. La miré a los ojos y supe que llevaba tiempo esperando este momento.


martes, 6 de marzo de 2012

Cuestión de color


Sam me trajo un bourbon con hielo, como a mi me gusta, con tres cubitos. Le pregunté por Herni, y me dijo que esta noche libraba.

Hoy el Café Society está más concurrido que de costumbre, y eso que he llegado pronto. Veo a Barney, el dueño, muy activo: va de aquí para allá sin descanso. En su ajetreo se detiene un instante en mi mesa par saludarme y decirme que esta noche “estará con nosotros Lena Horne”. Lena es una mujer por la que yo siento especial aprecio, quizá porque ella y Billie se entienden bien. Quiero decir que el éxito, el fracaso o la desgracia no empañan su relación de afecto. Me pregunté si eso tendría algo que ver con el color de su piel y la segregación racial.

No se, pero ese comportamiento humano, de unión en la felicidad y la tristeza, me hizo pensar en una conversación que tuve, de eso hace ya bastante tiempo, con el doctor Wikilson, que tenía, o quizá tenga aún, su consulta en el upper east side. Wikilson decía que entre las mujeres rubias y las morenas había una gran diferencia. Aseguraba que los cabellos rubios y morenos “son los dos polos opuestos del comportamiento humano”.

Wil era un tipo raro. Tenía un criterio extraño acerca de las mujeres. Sin embargo vivía de ellas. Entiendanme, no es que ofreciera sus favores sexuales a cambio de dinero a las mujeres neoyorquina de la alta aristocracia despechadas por sus maridos dedicados a los negocios. No. Wil no tenía cualidades para ello, ni mucho menos pretensiones. El doctor cobraba por hacer de confidente en unos casos y solucionar, en otros, el inconveniente que para algunas de estas señoras de la alta sociedad suponía quedarse embarazada de algún amante. Lo que solía ocurrir en horario de oficinas, es decir mientas el marido se encontraba seguramente dictando alguna larga y complicada carta a su secretaria. De esto vivía Wil, ginecólogo extravagante y algo loco, pienso.

Para el doctor las rubias eran el arquetipo de la feminidad, de la ternura, en el sentido de ñoñería, y la pasividad. En cambio las morenas eran todo lo contrario, representaban todas y cada una de las cualidades que se le atribuyen al hombre: virilidad, fuerza, valor, franqueza y acción. Creía incluso que las mujeres que se teñían el pelo de rubio terminaban imitando al color y se convertían en seres inservibles: frágiles muñecas que necesitan de todo (cariño, dinero...) y que eran incapaces de valerse por si mismas. Así pues su conclusión era que si el pelo moreno se imponía -de moda decía él- en el mundo, esa sería “la mayor y más importante revolución social jamás habida”.

Tiempo después otro doctor, de nombre Skreta, opinaba de igual manera que Wilkinson. Tales ideas, o despropósitos -mucho más extendidas de lo que pensaba- habían sido merecedoras de formar parte de una novela, o quizá estudio, escrita por un tal Milan Kundera. El doctor Skreta también era ginecólogo y pasaba consulta en un viejo y decrépito balneario invadido por mujeres en busca de aliviar no tanto sus dolencias como su mortal aburrimiento y apetencia insatisfecha.

Pensar es todo esto terminó por aburrirme a mi también. Acabé el güisqui y le hice una señal a Sam para que me sirviera otro. Mientras esperaba me puse a pensar en Vlady, la rubia escultural de mirada abrasadora a la que estoy esperando. Nos hemos ido a la cama varias veces y, francamente, no coincido ni con Wil ni con ese otro doctor del balneario. Los ginecólogos son como los ascensoristas, interesados en la conversación, pero ajenos a la gesticulación de las parejas a las que sube y baja

Por fin llega Sam con mi bourbon; en el escenario Lerna interpreta StormyWeather, y por la puerta aparece Vlady. La noche será larga.

domingo, 4 de marzo de 2012

Dónde y Cuándo


El otro día, ya tarde, Herni, el camarero del Café Society, me dijo que le había oído decir al jefe que el siguiente sábado, es decir ayer, vendría a tocar Teddy Wilson; un gran tipo este Teddy, amigo de Bobby Henderson y Lady Day. 

Después de darme la noticia, Herni me dejó mi bourbon con hielo, tres cubitos, en la mesa. Hubo un momento en que estuve a punto de pedirle que no me echara el hielo, pero lo dejé. Creo que no estaba preparado para prescindir de ese ritual, pero sobre todo, para lo que no estaba preparado era para dejar de escuchar el tintineo que produce el hielo al chocar contra el vidrio cuando inclinas el vaso para llevártelo a los labios, o cuando lo mueves rítmicamente para lograr una mejor envoltura. Así que decididamente dejé de hacer caso a lo que había leído hacía unos días en un número atrasado del Chicago Sun-Times. El rotativo decía que después de analizar por su cuenta el hielo de alrededor de 49 diferentes restaurantes y bares habían comprobado que algo más de una de cada cinco muestras tenía contenidos muy altos de unas bacterias que se se crían y desarrollan en aguas contaminadas con sustancias fecales y orina.

Dice el rotativo que luego hicieron una comparación de las muestras de hielo con el agua tomada del inodoro de un retrete del periódico y resultó estar "más limpia" que los hielos de veintiuno de los bares y restaurantes de Chicago. No quise preguntarle a Herni cómo mierda hacían el hielo o de dónde salía el que me había puesto. Lentamente fui paladeando mi bourbon, no sin cierta desconfianza.

No se si ya lo saben, pero de viernes a domingo, todo el que quiera pude verme en el Café Society. El resto de la semana lo suelo pasar en la cama, y si no es para cobijar a una señora estupenda, no estoy visible para nadie. Les digo esto porque este sábado estaba, como casi todos sin excepción, en el Café esperando la actuación de Teddy. Conmigo, sentados cerca del escenario, se encontraban Bobby y Eleanora. 

La primera canción en sonar ha sido una de las más cautivadoras que se puedan imaginar: Tea for Two. Fantástica, la pieza y la interpretación del trío de Benny Goodman en el que está Teddy y Gene Krupa a la batería. A Té para Dos le siguió Where or When, melodía imperecedera allí donde las haya. Bueno en realidad como Té para Dos; si una logra que mis pies no puedan estarse quietos, Dónde y Cuándo, me sumerge en una dulce melancolía que es lo más parecido a un duermevela donde lo que te rodea deja por un tiempo de existir. El codazo de Billie me devolvió a la realidad. 

Pedí a Herni tres boubon bien largos con soda para Lady y Henderson y con tres cubitos de hielo, salidos de alguna cloaca, para mi. Por un instante, una fracción de segundo, pensé que si no me mataba el güisqui quizá lo haría el maldito hielo: ¿dónde y cuándo?  ¡Vaya uno a saber! Con el cuarto bourbon ya me había olvidado de esa podredumbre congelada que flotaba hinchado en mi vaso.

jueves, 1 de marzo de 2012

Depresión

Anoche me vi con Billie en el Café Society. Cuando entré, a eso de las doce de la noche, sonaba un boogie-woogie, y frente al piano estaba Albert Ammons: “sol, si. re. mi; fa (natural), mi, re, si; sol, si. re. mi; fa (natural), mi, mi, re, si... do, mi, sol, la; si (bemol), la, sol, mi...Billie y yo no podíamos dejar de mover ritmicamente nuestros pies por debajo de la mesa en la que nos acabábamos de sentar.

Sin darnos cuenta comenzamos a hablar de economía, bueno de economía es un decir. En realidad hablamos de cómo nos afectaba eso que los políticos llamaban crisis económica y que a nosotros nos estaba dejando con lo puesto. Los periódicos hablan de que el paro se había elevado a casi el 25 por ciento, el comercio se había desplomado, la construcción se encontraba detenida por completo y que la Depresión estaba arruinando a todos los países y a sus ciudadanos, sobre todo, a los que menos tenían. Entonce Lady Day, echándose a reír me dijo que cuando ella y su mamá (La Duquesa) encontraron un apartamento en Harlem la Depresión ya había comenzado: “Al menos eso oímos decir”. Fíjate que “para nosotras una depresión no era nada nuevo: siempre la habíamos tenido. Solo eran una novedad las colas para recibir alimentos, que fueron casi lo único que nos perdimos de la Depresión”.

Dicho esto, Billie se levantó para ir al escenario y saludar a Mary Lou Willianms que iba a actuar a continuación, pensé en las dificultades que mujeres, tan valiosas como ella, tenían para abrirse camino de un modo digno. En fin...
Cuando regresó Billie, Mary Lou desgranaba una de nuestras canciones preferidas: Roll Em. Era ya muy tarde cuando salimos del Café Society. Cogimos un taxi y la acompañe hasta su casa, en la 139. Después me quede vagando por Manhattan. No tenía prisa; el tiempo podía esperar.

miércoles, 29 de febrero de 2012

Perplejidad


El Bemelman's Bar es uno de eso sitios elegantes, elegantes... y caros. Pero de vez en cuando es necesario hacer una excepción. Anoche actuó Herb Alpert y Lani Hall, y esa fue la razón principal por la que me encontraba en ese bar. Fui solo; no me apetecía llevar compañía. Y hubo una razón para ello; una razón poderosa si era cierto lo que había leído ayer mismo al mediodía en el The Huffington Post. No soy nada crédulo, al contrario, pero me quede perplejo y profundamente preocupado. Si, tanto fue así que -angustiado- me apliqué denodadamente en rememorar todo lo que había hecho en las últimas 72 horas, minuto a minuto: estoy leyendo Manhattan Transfe, mi Imperial Standard con el folio puesto en el carro espera mi crónica desde Manhattan; la ropa sucia también sigue esperando la lavandería; desayuno, como y ceno como habitualmente hago a diario, el domingo pasado sé que estuve en el Apolo con Eleanora, es decir con Lady Day, hasta las tantas, En fin creo que tengo mi vida en orden, no parece que haya olvidado nada.

Y se preguntaran a qué viene toda esta sarta de idioteces, propias de una mente trastornada. Y es ahí donde esta la gracia, que estoy, o me siento, verdaderamente trastornado, y no es para menos: “Un buen orgasmo puede borrar la memoria, entre 20 minutos y 20 horas, tras desatar un episodio de amnesia general transitoria”. Inmediatamente pensé en lo trágico del asunto, y si eso me podía haber pasado a mi. De ahí mi angustia y recuento de todas y cada una de mis actividades.

Sin embargo, el asunto siguió bullendo en mi cabeza. Así que después me pregunté si no sería esta la razón, los buenos orgasmos, los causantes de los olvidos de nuestros políticos, y no ese congénito afán de engañar para mantenerse en el poder cuanto más tiempo mejor. Algo que les achacamos, quizá, con demasiada insistencia, y ahora ya, tal vez, injustamente. También me pregunto si es qué realmente tienen tanta necesidad de llevar la bragueta abierta. Porque los incumplimientos, motivados por esa amnesia son casi permanentes. Llegado a este punto me lamenté de lo injusto que hemos sido -y somos- los ciudadanos con nuestros políticos. Resulta que es amnesia general transitoria la culpable de todo. Con razón me confesó Lady Day, el pasado domingo en el Apolo, que aunque fuese una fulana, tenía pánico al sexo. Y por cierto, haciendo memoria, lo había olvidado anteriormente, recordé que llevo alrededor de quince años sin tener un “buen orgasmo”, lo que hace que mi memoria sea magnífica, de primera clase.